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miércoles, 6 de enero de 2010

HISTORIAS EN LA NIEBLA

HISTORIAS EN LA NIEBLA

CASA OLVERA .ZARAGOZA, PUEBLA 1910
No he querido pasar por alto las leyendas que hay en mi pueblo. Mi terruño es ya de por si un lugar mágico donde han surgido interesantes historias, si las tomamos estrictamente de la realidad es seguro que a algunos alegre y a otros enfade.

Así es que para no herir susceptibilidades nada mejor- por ahora- que hablar de la imaginación de sus habitantes, de esa fuente donde manan seres, compañeros errantes de la noche; que sin más ni más aparecen con la niebla o en las noches de llovizna pertinaz tan comunes en Zaragoza.

Debo decir en honor a la verdad que muchas de esas cosas ya se han ido perdiendo quizá con el surgimiento de la luz eléctrica, con la popularidad de la televisión y hasta el desdén de muchos de nosotros; pero antes, cuando la gente se alumbraba con candiles y velas, y en lugar de ver una telenovela la gente se platicaba historias, todo era más emocionante. A mí todavía me tocó un poco de todo eso, por eso he querido hablar del imaginario de mi pueblo para continuar con la tradición de las leyendas y exhortar a las futuras generaciones a que lo sigan haciendo.

Para empezar quiero hablarles de algunos espantos que sufrían nuestros mayores a altas horas de la noche. Se cuenta que de allá por el camino que va de “Los Chorritos” a Zaragoza, todas las noches bañadas de niebla se escuchaba como venía rodando una carreta. Desde luego no venía sola pues era tirada por un par de caballos cuyos cascos se escuchaban con toda claridad a lo largo y ancho de la noche.

Los vecinos del pueblo que osaron ver aquello, tuvieron una experiencia non grata; cuando se asomaban por sus ventanas veían que sobre la carreta una sombra delgada golpeaba con un látigo los lomos afilados y las crines de las bestias que tiraban de la carreta; solo que cuando el látigo hacia contacto con las crines, estas sacaban chispas y se podía ver como se convertían en fuego que se prendía y se apagaba con cada latigazo.


A algunos no les causaba extrañeza escuchar la carreta en tiempos en que no había automóviles, pues para la mayoría era uno de los medios para transportar sus forrajes y sus cosechas. Incluso en los primeros años del siglo XX, la carreta era el taxi que llevaba y traía a los pasajeros de la Villa de Tlatlauqui que viajaban en el ferrocarril, ya que hasta allá no llegaban las locomotoras.

Ya en años más recientes el ruido de la carreta o carretón como algunos lo llaman, comenzó a causar extrañeza no nadamás por las crines incendiadas de los caballos sino también por que muchos aseguraban que se internaba al pueblo por allá por las instalaciones del Seguro Social, iba avanzando por la calle 6 poniente hasta llegar a la Plaza de Toros “San Pedro de los Pinos” donde se desvanecía en el aire.

Dicen que aquella carreta algo tenía que ver con los indigentes que amanecían sin vida en las calles petrificados por el frío, y que tal vez aquel misterioso carretero se llevaba las almas de esos pobres hombres.

Lo peor de todo es que quienes llegaron a ver aquello quedaron horrorizados; pues tanto el carretero como los caballos no eran cosa nada normal ni buena, eran solo esqueletos que por las narices resoplaban niebla.



ESTACION ZARAGOZA






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