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martes, 5 de enero de 2010

ESPANTOS EN LA ESCUELA

ESPANTOS EN LA ESCUELA
por Guillermo Martínez Rodríguez


Zaragoza, Puebla a través del tiempo
Cuando hace algunos años me encontraba leyendo el archivo municipal de mi pueblo natal, hallé algo que me inquietó, fue el enterarme que en los primeros meses del año de 1914, mi pueblo, que en ese entonces tenía menos de veinte años de existencia, había sufrido un terrible ataque debido a los enfrentamientos revolucionarios. Hallé que la llamada Estación Zaragoza de aquel tiempo había sido victima de una horrible hecatombe, perpetrada por un tal general Jiménez Castro.

Aunque los documentos oficiales no abundan al respecto, pues me di cuenta que las funciones de los ayuntamientos de Zaragoza y Tlatlauquitepec se interrumpieron durante varios meses de aquel año debido a la revuelta, me enteré que aquellas“victimas de la revolución” desconocidas, fueron sepultadas en una fosa común en un terreno propiedad de un señor llamado Cipriano Armenta, y que los cuerpos fueron exhumados para ser trasladados al panteón municipal el día 13 de agosto de1922.

Investigué el nombre del autor de esta matanza y supe por buena fuente bibliográfica, que el nombre de aquel general fue Joaquín Jiménez Castro.

Decidido a saber más del asunto me enteré de cómo habían ocurrido los hechos, una versión me hizo saber que un día de febrero o marzo de 1914, avanzaba una tropa por la avenida Hidalgo proveniente del pueblo de Ocotlán con rumbo a la actual terminal de autobuses, cuando a alguien se le ocurrió hacer un disparo, aunque otros dicen que fue un bromista quien hizo detonar un cuete justo cuando las tropas pasaban, lo cual fue motivo suficiente para que lo atraparan y lo asesinaran.

No conforme con ello, mataron entre otras personas a un joven que se encontraba cortándose el pelo en una peluquería, a un señor que se encontraba haciendo chicharrones en su carnicería, y a un señor apellidado Coronel, quien tuvo la mala suerte de apellidarse así y se encontraba durmiendo en su cama. Sobre las demás victimas no pude saber mucho, únicamente que entre ellas se encontraba un señor vecino de Ocotlán, el cual fue reconocido por un escapulario de la Virgen de Guadalupe que llevaba puesto justo el día de su penoso deceso.

Había en el pueblo en aquellos años, un señor que vino de España que se llamaba Leovigildo Rodríguez, tenía un hijo que se llamaba Ernesto, ese hijo fue el que murió en la peluquería. Cuando las autoridades de Zaragoza decidieron exhumar los restos de las victimas para llevarlas al panteón una vez que habían transcurrido siete años, él se opuso al traslado y por esa razón fue detenido y conducido a Tlatlauquitepec. Hace poco me enteré que ese señor fue bisabuelo de la madre de mis hijos.

Trataba de localizar el sitio exacto donde se encontraba aquella fosa, encontrándome con una serie de dificultades no en vano han pasado casi cien años de aquel acontecimiento.

De esta manera, mi sospecha se dirigió al centro de la población, que en aquel tiempo debió ser el área de la estación del ferrocarril, incluso llegué a suponer que la fosa se encontraría en los terrenos comprendidos entre la avenida Morelos y la vía del ferrocarril, allí por donde hoy existen terminales de autobuses, locales comerciales y casas habitación.






Alguien me dijo que efectivamente escuchó hablar de esa fosa y que hace mucho tiempo se decía que esta se encontraba en los terrenos que habían sido de la logia, allá cerca del segundo patio de la escuela primaria “República Argentina” actualmente “Ignacio Zaragoza”.

Entonces me acordé que cuando era niño y acudía a dicha escuela, muy a menudo escuchábamos platicar que allí espantaban, sobre todo en el salón de actos, donde antes de ser escuela había sido una cárcel y donde ocurrieron sucesos terribles, pero eso es otra historia; finalmente otras personas de la tercera edad me dijeron que cerca de donde estaba una portería donde los niños jugaban fútbol se encontraba aquella fosa, y me di cuenta que de ahí podía provenir aquel rumor insistente tanto de chiquillos y maestros de que en los pasillos y los sanitarios ocurrían cosas de espantos.

Volviendo a lo de la fosa, no tengo ninguna seguridad de que lo que aquí menciono tenga alguna relación con aquellos hechos de 1914, lo cierto es que al enterarme de esto no pude hacer más que sorprenderme, y traté de hallar una explicación que me pareciera razonable.

El caso es que me enteré por labios de uno de los protagonistas de esta historia o quizá leyenda, que bajo una casa que no hace mucho tiempo remodelaron y que se encuentra a escasos metros de la escuela primaria, se halló algo que a mi me dejó perplejo. Mi informante me platicó que antes de que se decidiera a hacerle mejoras a su casa, por las noches veía apariciones sobrenaturales, ya fuera una mujer con un cuchillo en mano que se paseaba por las recamaras tratando de atacar a sus habitantes o a unos niños que se subían a las camas y luego desaparecían.


Fue tanto el temor que habían infundido aquellas visiones a los moradores de esta vivienda, que se vieron en la necesidad de llevar a uno de esos personajes que limpian casas con una serie de rituales, el resultado fue que aquellos espantos no volvieron a rondar por la casa.

La cosa no quedó allí, resulta que cuando la propietaria decidió remodelar la casa, sucedió algo que la intrigó aun más: los albañiles hallaron diversas osamentas de niños y adultos que quizás algo tenían que ver con los fantasmas que rondaban la casa, sin embargo no ha sucedido nada más desde que a aquellos restos se les dio cristiana sepultura.




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