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martes, 5 de enero de 2010

TAXI POBLANO

TAXI     POBLANO
(Versión de Guillermo Martínez Rodríguez publicada en el libro Angeles y Alebrijes por el autor)

Pues así le cuento mi amigo que hace poco, un día de esos en que se escasea el pasaje, era cerca del mediodía y apenas había hecho un triste viaje.
Iba circulando por “El Barrio de los sapos” cuando me detuvo una mujer muy elegante. De inmediato abordó el taxi y se sentó en la parte de atrás; en ese mismo lugar donde ahora va usted sentado.
Como que me dio mala espina, pero luego pensé a juzgar por la apariencia, que se trataba de alguna de esas ricachonas que andan comprando antigüedades y quieren que las lleves por toda la ciudad.
Le fui viendo de reojo por el retrovisor y entonces me dijo que andaba de compras, que cual tienda de autoservicio le recomendaba. “Ujule señorita, tiendas hay muchas, usted dígame por donde la llevo”. Total que la llevé a Plaza Dorada y ahí me pidió que la esperara.
Yo acepte con la esperanza de hacerme de algunos centavos o tal vez por que ya ve usted como es uno de libidinoso... La mera verdad se veía que la señorita estaba bien guapa.
Ahí me tiene, espere y espere. Al cabo de una hora regresó la mujer cargada de mercancías. Ya ve como son las mujeres cuando andan en esos menesteres, que las cremas, la corsetería, la comida para no engordar. En fin metí todos los paquetes en la cajuela.
Mujeres inciertas, la anduve trayendo por todas las santas calles de Puebla. Si no hubiera sido por aquella sonrisa tan especial... Llegamos después de ir y venir a un edificio viejo que esta en el boulevard, ¿con qué cree usted que me vino a salir? : Que no traía dinero. Hágame usted el favor. Me enojé pues como no. Le dejé los paquetes sobre la banqueta y me dio un anillo de oro en prenda. Que se lo llevara al otro día para que me pagara.
Al otro día regresé. Subí las escaleras y toque en el departamento que me indicó. Que no, que la persona que buscaba había muerto hace mucho tiempo. “¿Pues cuando se murió si ayer me dio este anillo?”, les pregunté.
Aquellas personas se sorprendieron. Me dijeron que efectivamente ese anillo perteneció a la difunta. Que como era una prenda que ellos mucho estimaban se los diera y después me recompensaban.


A mí aquello me incomodo, no sé si era miedo o coraje, se los entregué. Total: ¿qué tal si de verdad era cosa de muertos? Ahora, ¿qué tal si me involucraban en un lío gratuito? Hasta después reaccioné. Lo que inventa la gente por no pagar... Señor... ¿Me dijo que lo lleve al panteón municipal? ¿Y ahora, pues éste, donde se bajó que ni lo vi?





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