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martes, 5 de enero de 2010

RAZONES PARA ESCRIBIR LEYENDAS


RAZONES PARA ESCRIBIR LEYENDAS



por Guillermo Martinez Rodriguez


Desde niño sentí una gran curiosidad por las leyendas, de hecho nací y crecí en el pueblo de Zaragoza donde los relatos de este tipo eran cosa de todos los días. Cuando comencé a ir al cine mis películas favoritas eran las de espantos, creo que no tenían nada de espanto, pero en aquella época ver a mis personajes favoritos (Santo El Enmascarado de Plata y Blue Demon) luchar contra las Momias de Guanajuato, contra “La Llorona” o contra las “Mujeres Vampiro” era algo sencillamente emocionante.

Como mis padres eran comerciantes, casi siempre nos daban nuestro domingo, oportunidad que aprovechábamos para ir al cine. El afamado Cine Luna, propiedad de don Alfredo Luna quien tenía una cadena de cines en la región. Tanto este cine como el de don Chemito que se llamaba Lucerito, se ponían a reventar los fines de semana, pero el que hizo época fue el de don Alfredo. Las funciones comenzaban a las cuatro de la tarde y a veces a las dos, y permanecíamos hasta las once de la noche, es decir, solíamos repetir la primera película durante la permanencia voluntaria.

Cuando salíamos del cine sentíamos un miedo atroz, sobre todo por tener que caminar las cuatro o cinco calles que había entre el cine y nuestra casa. Una vez le pedimos a un señor que no fuera malito que nos acompañara, y el amable señor nos acompañó hasta una esquina, donde bajo la luz de una lámpara nos decía: “Desde aquí los veo, corran y no paren hasta que lleguen”. Un amigo al que le pasaba lo mismo recuerda que una vez sintió tanto miedo que al salir del cine comenzó a correr y estaba tan asustado que tocó y tocó a la puerta de su casa y como se tardaron en abrir, tiró la puerta que ya de por si estaba apolillada.

Como teníamos miedo y no por eso dejábamos de ir al cine pues las películas del Santo y El Mil Máscaras estaban bien buenas, pues mejor le pedimos a nuestra madre que nos pusiera un escapulario para que nos protegiera. Y así lo hizo, nos daba cincuenta centavos para el cine y debajo de la chamarra nos ponía un escapulario con la imagen de San Juditas pero ni así se nos quitaba el miedo.






Y como se nos iba a quitar, si chicos y grandes salíamos del cine rogando a Dios no encontrarnos con algún vampiro como los de las películas. No se si me lo crea pero hasta se llegó a rumorar muy insistentemente, que entre los furgones de la estación y hasta dando de brincos entre aquellos sombríos árboles que había cerca, se había visto a un vampiro, la gente lo llamaba el Vampiro de la Sierra Norte, y eso no es todo, recuerdo que un semanario de Teziutlán llegó a publicar una fotografía del famoso personaje y hasta algunas mujeres al salir de sus casas por las noches o por las madrugadas, cubrían sus cuellos con bufandas y rebozos…

Cuando crecí y ya era un chamaco como de dieciséis años, tuve la suerte de conocer en persona a Blue Demon, mi madre nos hablaba mucho del Santo, de hecho ella también lo conoció en persona, cuando trabajaba de mesera frente al Teatro Blanquita de la ciudad de México, dice que le dejaba muy buenas propinas. Yo no tuve necesidad de ir hasta allá para conocer a Blue Demon, un día de feria fue a luchar a mi pueblo junto con otros luchadores y me acuerdo que el Maestro Mundo Reyes cuando era presidente municipal lo recibió en su casa. Como mi hermano el güero quien tenía seis años y yo queríamos saludarlo, nos colamos a la casa del presidente y no nos dijo nada pues íbamos acompañando a Amadita quien fue reina o princesa de la feria, la verdad no me acuerdo; pero lo que no se me olvida es que nos sentamos en la mesa donde estaba nuestro ídolo y hasta nos sirvieron un plato de barbacoa igual que a él. Todavía lo hicimos reír pues cuando mi hermano le pidió un autógrafo le preguntó el luchador muy serio como se llamaba. Mi hermano respondió pues igual que ese que también sale en las películas: Adalberto Martínez, pero yo no soy “Resortes Resortín de la Resortera”.



Empecé a leer mucho pero no crean que leía libros de alcurnia, leía muchas revistas de las que vendía don David Salgado en su puesto de periódicos, comencé con una revista de bolsillo que se llamaba Tradiciones y Leyendas de la Colonia, luego otra llamada Micro Leyendas; leí a muchos de los escritores clásicos de la literatura popular mexicana, a Yolanda Vargas Dulché con su Lágrimas y Risas y su Memín Pinguín, también a Guillermo de La Parra Loya y a Rius con Los Agachados y Los Supermachos. Después me empezó a gustar Joyas de la Literatura y Novelas Inmortales, de ahí me nació el gusto por los libros, pero las leyendas mexicanas y los personajes trazados por los más grandes dibujantes del mundo que son los mexicanos se quedaron para siempre en mis recuerdos.

Una vez la maestra de literatura nos dejó de tarea que leyéramos dos obras clásicas de un día para otro, a mi me tocó leer a Hamlet de William Shakespeare y El Hombre de la Máscara de Hierro de Alejandro Dumas, al día siguiente le hablé a la maestra de las dos obras de cabo a rabo y ella se quedó sorprendida, lo que la profesora no sabía es que aquellas obras las había leído hacía tiempo en las revistas de bolsillo que había guardado como un gran tesoro y nada más les di otra ojeada, sin embargo me felicitó y aprobé el examen.

De aquellos tiempos de estudiante recuerdo que cuando estudié en la Secundaria Nezahualcoyotl (La Netza) en una ocasión nos fuimos de pinta todo el grupo, unos primero y otros después pero el mismo día. Nos veíamos ir y venir unos y otros por el camino que conduce a San José Buenavista. La razón de nuestra fuga masiva del templo del saber, fue que alguno de los compañeros corrió la noticia que otro del tercero “B”, al ir pasando por el río conocido como “El Saltillo”, escuchó una voz que salía debajo del agua y cuando buscó en el río vio los huesos de un hombre, entre ellos la calavera quien le pidió que le diera cristiana sepultura y que le iba a entregar un tesoro.

Como aquel compañero según se rumoró en la secundaria, cumplió con lo que le pidió el esqueleto, este le entregó una olla de dinero y a esto se debía que todo el grupo anduviera como abejas gambusinas por todos los solares y parcelas de aquel pueblito, haciendo hoyos pues seguramente habría tanto oro que alcanzaría para todos.

En lo que no pensamos fue que el dueño de uno de los terrenos, un campesino con cara de muy pocos amigos nos iba a descubrir y cuando lo hizo, nos puso a trabajar en su parcela y ahí estuvimos todo el día ante la mirada vigilante, so pena de que si desertábamos de la tarea nos entregaría a la policía.

Todavía esa noche, decidimos ir a buscar el tesoro pero mire que clase de conclusión tomamos: “En todas las haciendas viejas hay tesoros enterrados y en la que está por aquí cerca debe haber uno de ellos”. Tomamos nuestras providencias al más puro estilo de las películas de espantos: a uno le tocó conseguir agua bendita, a otro una caja de cigarrillos, a otro un automóvil y a mi un crucifijo.

Nos fuimos a la hacienda vieja más cercana y alumbrándonos con la luz del carro, comenzamos a golpear un muro en ruinas con un zapapico. Uno vigilaba con el crucifijo en alto, otro con el agua bendita dispuesta para arrojársela al primer fantasma que se nos parara enfrente, y todos fumábamos sacando humo hasta por las orejas ya que nuestros abuelos nos dejaron la creencia de que los fantasmas se ahuyentan con el humo del cigarro.

Yo creo que el miedo fue mas fuerte que nuestra ambición, pues nos pareció escuchar ruidos y lamentos y nos tuvimos que subir al auto tropezando. De ahí nos dirigimos a nuestra casa a toda velocidad creyendo que un fantasma se había colgado de la cajuela, pero decidimos no decirles a nuestros padres a donde habíamos ido.

Hace poco que estaba pensando en esta anécdota, me acordé del compañero que supuestamente había hallado aquel tesoro. De todo me había acordado menos de que nunca le preguntamos si lo de las monedas había sido cierto.

Cuando le pregunté sobre ello, se acordó perfectamente de aquellos días, me dijo que en efecto, en una ocasión en que cuidaba su rebaño perdió una de sus ovejas; pensando que su padre le daría una tunda si no llegaba con el rebaño entero, volvió al lugar ya de noche a donde había estado cuidándolo. Entonces vio una flama que salía del suelo, se armó de valor y fue a ver que era, rascó un poco y casi a flor de tierra, halló una pequeña olla de barro con veinte monedas de plata.

Me dijo también que lo de los huesos del río había sido puro cuento y que cuando volvió a su casa con la oveja y el pequeño tesoro, su papá no le dijo nada pues al fin había encontrado al animal y ya no tenía caso que lo regañara. Vendió las monedas y con lo que le dieron, pudo comprarse unos pantalones y una bicicleta. De hecho aun conserva aquella bicicleta, y creo que tenemos algo en común, yo también guardo de aquellos años el recuerdo feliz de mi adolescencia con el que de vez en cuando, salgo a buscar tesoros y también historias, esas riquezas que suelo compartir con quien me regala cinco minutos de su tiempo.




2 comentarios:

Christian dijo...

Gracias por sus historias Sr. Guillermo, actualmente tengo 28 años y me identifico con sus bellos relatos, yo tambien soy de Zaragoza, bueno, de uno de sus pueblos que conforman ese bello municipio, cuando lo leo me recuerda aquella ocasion en que lei una de las leyendas de Gustavo Adolfo Bequer y ahora sin duda alguna que volvi a apasionarme por las leyendas.
Saludos desde Guadalajara Jalisco

Guillermo dijo...

Gracias Christian es muy grato saber que te gusten estas historias, saludos a toda tu familia, en Zaragoza tienen un amigo, espero poder saludarles personalmente y seguir contando historias como estas.