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lunes, 24 de mayo de 2010

A LA MEMORIA DE MI ABUELO



Hombre de a caballo, sombrero de ala ancha; nunca le faltó la escopeta, la retrocarga o el machete en la rústica vivienda de muros de lodo y techo de tejamanil. Al terminar la jornada en el campo se bañaba a jicarazos, ensillaba a su caballo el “lucero” y se perdía entre los lomeríos. Iba en busca de amores para compensar su ruda soledad. Enviudó joven, su esposa murió de parto y dejó huérfanos a cuatro hijos, más antes ya habían muerto otros tres. Destinó a dos de los que le quedaban con los padrinos de bautizo. Flaviano el mayor se quedó junto a él para ayudarlo en las siembras. Aurora, la más pequeña, se quedó para hacer tortillas además para alimentar a las gallinas y a los cerdos.
Bartolomé fue el nombre que de acuerdo al santoral le dieron sus padres; su vida corrió por todo tipo de suertes desde la temprana infancia, fue hijo de una molendera de hacendados. Su niñez transcurrió entre la hacienda de Mazapa y el pozo, acarreando agua. Le impresionaba entonces la situación de los peones acasillados, sobre todo la personalidad de la dueña de la hacienda doña Carmen Almeida. Decía la peonada que aquella señora nunca se quitaba el sombrero, ni siquiera para entrar a misa, que por que tenia cuernos.
También le impresionó la leyenda del “Cortado”, un sanguinario bandido que junto con otros gavilleros, fue fusilado en los paredones de la hacienda. “Cuando le tocó el turno al “Cortado” se reía de la muerte con la dentadura toda de oro. Quiso morir sin paliacate que le cubriera los ojos. Un carretero se encargó de sembrar los cuerpos en una zanja que había a un costado del camino que conduce a Santa Cruz. El carretero regresó en la noche a quitarle los dientes al forajido, no le duró mucho el gusto pues al poco tiempo, el muerto se lo llevó.
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A los catorce años durante la Revolución Mexicana, fue llevado en una “leva” en tren para Oriental junto con otros campesinos para servir a los federales. En San Juan de los Libres, Puebla se escapó y regresó ocultándose entre los cebadales. Después se hizo arriero, conducía una flotilla de acémilas y burros que acarreaban pulque por los caminos del valle y de la sierra, desde Tepeaca hasta llegar a Teziutlán.
Era amigo insaciable de la soledad, tal vez por eso quiso en alguna ocasión enamorar a una mujer fantasma. Con las barricas en los lomos de sus pollinos llegó una noche al río de Acuaco. Era aún de madrugada cuando una mujer lavaba ya blancas prendas que fulguraban con la luz de la luna. “La cascada de pelo le caía en la espalda y le besaba los pies desnudos”.
Se acercó galantemente arrodillándose junto a la lavandera, sus preguntas se ahogaban en el golpe del agua. La mujer no respondía, tenía un mutismo extraño. Quiso tocarle el pelo cuando inusitadamente volteo la cara hacia él. “Era un rostro de acémila” - Me decía. “Lanzó un grito horrendo que sacudió los álamos y se alejó caminando por la orilla del río”.
Esa fue la primera vez que conoció a “La llorona”. Luego la vio otra noche cuando volvía del poblado. Le salió al paso, vio delante de él unos ojos que brillaban como espejos. “Le arrojé una copa de aguardiente que llevaba en la mano y chispeo como una vara en la lumbre. Pasó sobre mí volándome el sombrero. Después de mucho tiempo la volví a ver, esta vez gritaba a lo largo de la Barranca de gachupines con un grito lastimoso que me enchinaba el cuero”.
Bartolomé gustaba de ir a las cantinas de San Miguel, decían que en ese pueblo había unas sinfonolas encantadas por el maligno pacto del dueño de estas con un ser tenebroso. La gente murmuraba que cuando los borrachos abandonan los tugurios, los discos sonaban solos y que inexplicablemente el dueño había amasado una inmensa fortuna.
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Una de tantas noches que Bartolomé volvía a su casa, ebrio, como era su costumbre; a la orilla del puente le pareció ver a Flaviano. Por un momento dudó que fuera el hijo que cada noche iba a su encuentro, pero vio que llevaba puestos el mismo sombrero de palma, los guaraches y la cotorina de lana y se dejó conducir en la oscuridad. Borracho como estaba, se apoyó en aquellos brazos comedidos. Cruzaban el alto puente, pero aquel ser envuelto en sombras lo acercaba peligrosamente a la orilla. Pensando que aquello no era nada bueno, comenzó a injuriarlo con todo tipo de palabras obscenas - el mejor antídoto contra las apariciones según decía -. Rezó “La Magnifica” oración que nunca le faltó en sus ratos de soledad y de miedo y el hombre lo soltó. Cuando alcanzó la otra orilla corrió despavorido, delante estaba su jacal. Llegó jadeante y sacó su retrocarga.
El espíritu ya estaba cerca, bajo del manzano miraba hacia la casa y el arma no accionaba. Cerca de la puerta estaba la lata tiznada con el nejayote... ¿Qué poder tiene el signo de la cruz en los momentos difíciles? , ¿Qué poder tiene el agua del maíz? Tomó un poco de aquella agua con los dedos y pintó una cruz sobre el cañón, los proyectiles salieron, el ente cayó abatido y cuando Bartolomé se acercó una nube de humo se elevó hacia el firmamento. Después salió Flaviano y junto con la pequeña Aurora se arrodillaron para rezar frente al retablo de la humilde casa.
Los espantos no le importaban, es más, puede decirse que tenía una amistad intima con la noche. Siempre hablaba de sus encuentros con naguales, con duendes, con perros maléficos. Era el centro de atención en los velorios del poblado, rodeado de noctámbulos que se calentaban el hastío en las grandes hogueras que se hacen en las calles, amanecía contándoles cuentos. La gente le llamaba “El cuenterito”. No en vano habían sido sus reuniones de arriero en los mesones de la sierra.
Le oí contar muchas historias y cuentos, cada año, el día de su santo, cuando con Aurora mi madre y mis hermanos íbamos a visitarlo. Cada 24 de agosto era un día formidable, por una parte, por departir con un personaje conocedor de todas las aventuras y todos los misterios y por otra parte, por aquel delicioso chileatole con granos de maíz y trozos de carne de puerco.
Hablándome de un ser muy rico que se distinguió por su mal trato a los pobres me dijo en uno de nuestros últimos encuentros: “Cuando se murió aquel rico, en su velorio, un viento helado apagó las ceras, en lo que demoraron buscando fósforos para encenderlas el cuerpo desapareció. Tuvieron que llenar la caja con piedras para que pesara”.
Con casi un siglo de existencia, en los últimos años de su vida se refugió como nunca en su humilde casa de muros de lodo y techo de tejamanil. Se hizo un ermitaño pero nunca dejó de labrar su parcela. “La tierra nos da de comer, pero nosotros tenemos que comernos la tierra”, filosofaba.
Solo la edad lo postró en la cama, después de andar por todos los caminos de la sierra y de la imaginación. Postrado en su lecho me llamó en su agonía.
- Abuelo: ¿Es cierto todo lo que me contabas cuando era niño?
- Claro que es cierto, tres veces vi a esa mujer.
Como era la costumbre desde que era niño, le besé las manos, esas manos que nunca aprendieron a escribir y me bendijo.
Mi madre permaneció a su lado, la última noche de su vida se apagaron las luces, en su delirio parecía ver fantasmas. Un aire huracanado se estrelló contra la ventana mientras los perros parecían hacer pedazos una sombra.
- Glorifica su alma Señor... Rezaba mi madre, mientras esparcía agua bendita por todos los rincones. Mi abuelo pronunció el nombre de sus padres, de sus hermanos, de sus hijos... De pronto una inmensa paz lo envolvió y se quedó mirando a mi madre con los ojos fijos.

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