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sábado, 20 de marzo de 2010

CARNAVAL NOCTURNO


CARNAVAL NOCTURNO

Una noche obscura del mes de noviembre; horrible, como esa moda que ha llegado a México, como esas  cosas del aquelarre que no tienen nada que hacer en un país tan mágico como el nuestro; con el afán de sembrar el pánico en los noctámbulos y en los niños, así como para pasar un rato supuestamente divertido, los bachilleres del pueblo se reunieron en el patio del colegio.
Poco a poco fueron apareciendo, surgiendo del mismo corazón de sombras que producen cipreses, eucaliptos y abetos que rodean la escuela. A cada llegada de los muchachos la algarabía brotaba y se oía decir: “Qué bárbaro, que disfraz tan original, ¿Quién eres?”...la pregunta por lógica quedaba en el vacío pues estaba prohibido revelar la identidad como parte del juego. Claro que había casos en los que era difícil mantenerse en el anonimato, por ejemplo: el del clásico sangrón que se la pasaba haciendo bromas de mal gusto a sus compañeras o el alumno gangoso que bajo el disfraz de hombre lobo exteriorizaba un aullido también gangoso.
Como para no perder el amor por lo mexicano, colocaron ofrendas en las aulas; con pliegos de papel de china hicieron figuras ingeniosas y pusieron sobre las mesas sendas viandas que gustaron en vida los difuntos.
Olvidaba decir que para esto, las almas presurosas ya habían ido a las casas que moraron y probablemente, no perderían el tiempo mundanal en cosas de estudiantes pocos serios. ¿Con qué confianza llegarían las animas al colegio?. Con toda seguridad al mirar por las ventanas, descubrirían a los mozalbetes dando cuenta de tamales, hojaldras, guisados, dulces, cigarros y aguardiente... De ahí vendría el desanimo.
Había en toda la escuela un olor penetrante a flor de muerto, el aroma del incienso hacia el aire más siniestro, cuando unos pasos extraviados decidieron ir hacia la escuela.
A la orilla de la explanada, los alumnos de teatro improvisaron un campo santo, en montones de tierra y lápidas de cartón escribían el nombre del amigo, del maestro; tal es la costumbre de perturbar con prácticas como esta la paz de los muertos.
Allá no muy lejos, un par de ojos observaban. El público aplaudía, algunos mas parcos preferían guardar silencio ante el temor de inquietar a las almas del santo purgatorio.
A las nueve menos cinco de aquella noche decidieron desfilar por las calles del pueblo. Encabezaba el desfile sepulcral “El Carretero”, una aparición que con una mano soportaba su cabeza a la altura del pecho y con la otra, sostenía la rienda tirada de jumentos.






No creo desmedido comentar que aquello era un show al estilo de los cineastas de Hollywood. Tras “El Carretero” iba el mismísimo Freddy Kruger diciendo adiós con sus dedos de navaja. Le seguía con mascara de calavera desencajada y habito negro el personaje de Scream, subiendo y agitando los brazos como un cuervo.

Era toda una peregrinación de vampiros, momias y enanos sobre la calle cuatro sur, por la avenida Hidalgo, la avenida Morelos, la calle 12 de octubre y la plazoleta del pueblo.

A toda aquella multitud se sumaron los pasos extraviados de un Monje descarnado. Con cirio en mano daba luz a su rostro desollado. Los huesos de sus manos y sus pies sujetados con grilletes, arrastraban penosamente una cadena por las calles empedradas.
Dio fin el desfile en otra importación de la moda norteamericana: la discotec de doña Pancha, la que antes vendía sombreros.
Hasta el centro de la pista corrieron todos los personajes retorciéndose y brincando al ritmo de la música extravagante. Algo de familiar había en ese pandemonium que el Monje descarnado, le entró a la fumadera y bebedera y quizás debido a la torpeza de sus pasos, su intención de asustar a alguien no daba resultado.
Dio inicio la deliberación del jurado para premiar la originalidad de los disfraces: “El premio es para... ¡El hombre lobo! ¡Buhh! ¡Eso es fraude! Gritaban los muchachos.
El monje indiferente volvió al centro de la pista. A esquivar los pisotones y brincos de la muchachada. En medio de la euforia salió a la calle sin que nadie reparara en ello.
Tenia hambre, se dirigió al colegio rodeado de cipreses, eucaliptos y abetos; talvez los mozalbetes habrían dejado algún bocadillo para aquella ánima sola.









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