lunes, 19 de julio de 2010

QUETZALCOATL Y LA NUEVA CREACION





LA NUEVA CREACIÓN
Publicado originalmente en el libro Ángeles y Alebrijes  del autor Guillermo Martínez  Rodríguez

La figura ataviada de plumas preciosas y pectoral de jade apareció en medio de la puerta automática. Afuera resplandecía  Citlaltonac (La vía láctea.) Calló el murmullo  alrededor de la mesa circular en el centro de la sala. Los dioses mexicanos estaban reunidos en torno al Calendario Azteca. La piedra solar producía fluidos electromagnéticos con sus líneas convertidas en filamentos multicolores. Un descomunal sistema electrónico  reproducía imágenes en aquella pirámide flotante suspendida dentro de una esfera en el espacio sideral.

     Los monitores de televisión mostraban escenas trágicas. La humanidad era víctima de las fuerzas naturales desencadenadas por el propio hombre, el más rapaz de los depredadores.

     Terribles maremotos anegaban  las costas de los países de la Tierra. No quedaba rascacielos  en pie de la moderna civilización. La estatua de la Libertad sonreía grotescamente con la faz fracturada. La Torre Eiffel en París era un montón de hierros retorcidos. Los desiertos se convertían en espantosos mares. Únicamente estaban erguidas las pirámides de Egipto y América.

     Los polos de la Tierra se descongelaban, los continentes se fracturaban. Los sobrevivientes peleaban por la posesión del escaso alimento y algunas aves solitarias surcaban los cielos. Todo se extinguía poco a poco. Debido a la contaminación exacerbada  y  a las radiaciones nucleares los océanos eran portadores  precarios de vida.

     Todo era un panorama de muerte, de destrucción; el inevitable fin de la humanidad hacia el año dos mil veinte.


     - ¡Salve o Quetzalcoatl! (Serpiente emplumada) - dijeron todos. He aquí el triste final del hombre. Este es el despertar de su sueño de grandeza. La Tierra hoy se queja por sacar de su entraña el combustible, el mineral, por cercenar sus pulmones, por envenenar sus aguas, por romper la seda de su ozono, por maltratar su equilibrio.

     - Las fuerzas naturales abandonan su letargo. Debemos hacer algo- dijo Tlaloc (El dios de la lluvia)

                                                                                                                         

      - ¡Imposible!- intervino Tezcatlipoca (El Espejo humeante). Hemos empleado mil métodos para que el hombre tome conciencia de sus actos. Se lo hemos prevenido con temblores, con tornados, con huracanes, con la erupción de los volcanes y nada hemos logrado. De nada han servido las señales de los dioses. Miren  que angustia se vive hoy en la Tierra.

     Xochiquetzal ( Flor preciosa), con gesto amoroso y compungido hacía remembranzas: - “ ¿Y qué de aquellos bellos amaneceres?, ¿De los frutos exquisitos que abundaban  para alimentar a los hombres?... ¡No es posible!. Les permitimos ver nacer y crecer a sus hijos. Les ofrecimos remansos de  agua cristalina, flores hermosas; la capacidad de amar para hacerlos más sensibles. Nezahualcoyotl, hijo, tenías razón: no para siempre se vive en la Tierra. Aunque sea de jade se rompe... Aunque sea de oro se quiebra... ¡Solo un poco ahí!

     Tocó el turno a Huehueteotl  (El dios viejo):
- le hemos dado el recurso de la ciencia para que sea utilizada en su provecho y sin embargo, en su afán de poder lo pierde todo. Ya ven primero la perversidad de algunos dejó una profunda herida  en Hiroshima y Nagasaki, después vino la carrera armamentista de Estados Unidos de Norteamérica y la Unión Soviética. Luego vino Francia, que decepcionante, la nación que le abrió los ojos al mundo se los cierra. Las ideas libertarias del hombre son cosa del pasado. ¿De que sirve la libertad si no existe el hombre para ejercerla?  Miren como empezó con sus famosas pruebas nucleares en una isla del pacifico aduciendo no hacer daño  y pretextando  antiguas invasiones. El gobierno de Francia ha contribuido al caos.
  

  ¿Y todos esos hombres enfermos de poder y de locura, donde han quedado?, ¿Dónde ha quedado Napoleón, Adolfo Hitler y más recientemente George W. Bush entre tantos otros? Estos hombres quedan señalados para siempre por haber dejado baldada a la humanidad, sobre todo a los niños.

     - Y no solo eso - intervino Iztpapalotltotec (Señor mariposa de obsidiana.)
¿ Y que de los gobiernos que apadrinaron el monstruoso consumismo? Miren la tierra llena de basura, millones de toneladas de deshechos en las ciudades; máquinas obsoletas, neumáticos, pesticidas...

     La mirada dulce y serena de Quetzalcoatl  los recorrió a todos haciéndoles guardar silencio. Su rostro impávido fue haciendo notar una sonrisa mientras en los monitores  cesaba por un momento la calamidad y se adivinaba  la luz del sol.                                                                                                                  
     En la Tierra, los sobrevivientes gritaban agradeciendo a su Dios en todos los idiomas.

     - No hay mucho por hacer- dijo a los dioses mexicanos. Es el fin de las cosas. La voluntad del Dador de la vida; pero es necesario para que la vida renazca de nuevo. De alguna otra manera, de alguna forma más armónica, más pura, menos corrupta. No teman porque a pesar de todo: “La semilla de la vida germinará eternamente”. No existe la muerte total, en este basto universo la materia se renueva continuamente. El mismo maíz que ha alimentado al hombre, proviene de una caña crecida con el humus de un cuerpo que se pudre. El hombre muere lento desde que nace, pero acelera su propio fin con egoísmos arcaicos, con obsesiones de poder, con actitudes propias de los animales que sin embargo, son parte de su propia naturaleza.

     Que absurdo es que no entiendan que todos los hombres son iguales, que tan solo tienen diferencias físicas. Que todos tienen las mismas capacidades y defectos, que les hace caminar la misma cantidad de sangre.

   


      Poco después todo era desolación, no quedaba nada con vida. No más aves ni peces; millones de árboles mutilados, agua envenenada, aire asfixiante, solo tinieblas. Ni un solo hombre de guerra, ningún político. ¡Que alentador! No había organizaciones de paz para hacer la guerra, ni potencias mundiales que extendieran su imperio a sangre y fuego. No había gobiernos que pasaran por alto incluso las decisiones temerosas de la junta de naciones.

     ¿Y el dinero? Esta era la única oportunidad del hombre de hacer equitativa la distribución de la riqueza. Los billetes volaban en las calles sobre pobres y ricos. Las manos crispadas de los muertos estrujaban el dinero.

     - Se habrá de inventar un nuevo mundo- dijo Coatlicue (La de la falda de serpientes). En el universo vecino hay un sistema solar semejante al nuestro.

     - Señor- habló Yaotehcutli (Señor de la Noche). Existe un planeta con condiciones similares a la Tierra. Propongo que le llamemos Quetzalcoatl en tu honor; ya ves que en aquellos tiempos nos ganaron con cada nombre griego... A los planetas de este sistema los bautizaremos con los nombres del Panteón Náhuatl.

     -Está bien- dijo Quetzalcoatl. ¿Se han cerciorado que no haya petróleo?
     - ¡Claro! - respondió Huehueteotl. Y lo que es magnifico: no existe el oro; ese metal que le hizo tanto daño a la humanidad.

     Los dioses discutieron acerca de la nueva forma de vida que habría de reinar en el nuevo planeta.

      ¿Qué tal los simios? Esos animales  tan parecidos al hombre - dijo uno de ellos.

      - ¡Oh, no!. ¿Un darviniano entre nosotros?... ¿Además  no te parece tedioso estar inventando otra vez tantas especies?
      -  En eso no estoy de acuerdo ¿los pobres animales que culpa tienen?
  

      - El compañero dios tiene razón- dijo Quetzalcoatl - los animales no merecieron morir. Por otra parte, no se olviden que entre nosotros deben imperar las ideas democráticas y debemos respetar la opinión de todos.
      -¿Qué tal los delfines? - sugirió otro de los dioses.

      -Eso suena muy bien, pero, esperen ¿porqué no darle otra oportunidad al hombre?...No me miren así, tendríamos que hacerle algunas modificaciones.
      - No se puede hacer nada, está extinguido.
      - Señor- intervino Xochiquetzal. Me temo que el hombre aun existe. Hay uno de ellos muy cerca de nosotros. Los ojos de los dioses se clavaron en ella. La confusión reinó por un momento en el lugar. La diosa  del amor, las flores y las artes se había dejado llevar por sus sentimientos.
      - ¡Como! - exclamó Quetzalcoatl ¿Cómo ha llegado aquí?
      - Es un humilde artesano. Ha dedicado su vida a modelar figuras con las manos. Sin embargo está próximo a cumplir cien años. Recuerda que alguna vez el hombre fue hecho con la masa del maíz y en lo personal creo que con ese material no dio resultado.
       - Si, pero, ¿no te parece esto algo muy descabellado?
       - ¿Recuerdas que en el llamado viejo mundo el hombre decía que el Dador de la vida hizo al hombre con el barro?
       - Eso es muy aventurado Xochiquetzal.
       Los dioses discutieron la propuesta. Al cabo de diversas deliberaciones lo aprobaron.
       - que lo haga sin lengua- opinó uno de ellos. Así no podrá mentir y se acabará la demagogia.
       - ¿que tal una lengua de pájaro?...                                                             
       - ¡Bravo!  Aplaudieron.
       - ¿porque no limitamos la capacidad de su cerebro?
       -Despojémosle de todo rastro de religión...
        - ¡claro! Magnificas ideas.
        -¿Y manos?
        - No, sin manos no podrá matar. En cambio que le ponga alas para que no conozca de fronteras.
        - Señor, necesitará una compañera ¿te parece bien lo de la costilla?
         - ¡Machista! La mujer será harina de otro costal. A la hembra le vendrá bien un barro nuevo, no necesariamente debe crearse con el  mismo barro del hombre.                                                                                                           
       

       - Señor- intervino el viejo artesano. Yo quiero hacer una recomendación: procura que en el nuevo orden de cosas no exista ropas, detergentes, escobas, ni platos. Eso podría desencadenar una guerra más. Ya ves que con eso de la liberación femenina la mujer es capaz de todo. No estaría bien que por un pleito de cocina tenga fin la nueva creación.
        Y entonces los dioses mexicanos- con la ayuda de aquel viejo- crearon de nueva cuenta al hombre, a la mujer (no importa el orden) y todas las cosas, del primero al séptimo día... Perdón,  deseo hacer una precisión: esta vez eliminaron el concepto tiempo para no esclavizar al hombre.

        Por último deseo  dar una moraleja independientemente de todos los criterios: a como van las cosas, no creo que el fin de la humanidad sea cosa de cuento.                               








       

viernes, 4 de junio de 2010

EL MONSTRUO SAGRADO


EL MONSTRUO SAGRADO
Relato publicado en el libro Puebla Directo. Quince Relatos de la Ciudad
Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla. Fomento Editorial de la BUAP
( 2010)


Por Guillermo Martínez Rodríguez

Hace poco conocí a Gabriel García Márquez, lo vi casualmente por el centro de la ciudad de Puebla. Mi hallazgo tomaba café en los portales, rodeado de un grupo de personas que con seguridad eran intelectuales.

Lo observé a lo lejos, no había duda, era el mismo tipo de tupido mostacho. Cada vez que se reía los transeúntes se fijaban en él. Tal perecía que su escandalosa carcajada ahuyentaba a las palomas que comían confiadas a mis pies. Ahí estaba, a unos metros de mí, tomando capuchino tras capuchino y fumando cigarro tras cigarro, mientras yo, embelesado, tomaba el sol de la ciudad, como una estatua pegada sobre el pavimento

“Es el monstruo sagrado de las letras” pensé. Por un momento tuve la inquietud de acercármele para pedirle un autógrafo, pero eso hubiera sido una impertinencia. Preferí quedarme observándolo, estudiando sus ademanes y gestos.

Al cabo de unos minutos se despidió de sus acompañantes, cruzó la avenida Reforma y pasó cerca de mí. Me hizo un saludo alzando las cejas y sonrío. No atiné a decir palabra, le correspondí con una sonrisa estúpida, viendo como dirigía sus pasos hacia la catedral. Vi como generosamente dio un par de monedas a una anciana que mendigaba en el atrio. No sé por que lo seguí, quizás tenía curiosidad de saber como se comportaba aquel mortal tan singular.

Cerca del mediodía sus pasos se detuvieron frente a un modesto bar llamado Candilejas; empujó la puerta y se dirigió directamente a la barra. Llegué tras él, con disimulo hice que no lo conocía. Tenía en sus manos un inmenso tarro desbordante de cerveza. Ordené lo mismo. Antes del segundo tarro me apresuré a decirle: “Señor, me permite que le invite una cerveza”. Asintió con la cabeza y siguió bebiendo ensimismado en sus cosas.

Hacía por irme del lugar por temor de haberlo molestado cuando volteó hacia mí y me dijo: “No, espere, gracias por el gesto”.
- De nada- le dije. Me echó una de sus manos al hombro y me invitó a una mesa.



¿Porque me sigue? - me preguntó tajantemente. Le explique nerviosamente que sabía que él era escritor, uno de las más afamados de todos los tiempos, que había visto sus retratos al lado de Neruda, de Alejo Carpentier, de Fidel Castro, de Octavio Paz... no se que otras cosas más inventé…Sobre todo que había leído algunas de sus novelas. Le confesé que me hubiese gustado ser escritor.

Me miró, como escudriñando cada parte de mi rostro, vi reflejado en sus anteojos la inmensa fotografía de Chaplin colgada en el muro que había tras de mí.
“Solamente hazlo”- espetó.

Al poco rato charlábamos como grandes amigos, me pidió que no habláramos de literatura, de cualquier otra cosa menos de libros. “Hablemos de mujeres”, sugirió. Le dije que las mujeres son lo más maravilloso que hay sobre la tierra y él me dijo que solamente les falta la cola y los cuernos para ser el diablo. Rompió en risa ruidosamente.


Iba y venía de la mesa al sanitario como cualquiera de los clientes. “Dígame: ¿Usted no orina?”. Me dijo secándose la frente sudorosa.
-¡Claro!, Sólo que aún no tengo ganas.

Le dije que estaba enterado que durante su juventud había vivido en Puebla y que lo felicitaba por haber obtenido el máximo reconocimiento que se hace a un escritor.

Salimos del lugar y pasamos por una acera atestada de curiosos; en el pasillo de una vieja casona había decenas de meretrices sentadas en sillas tan desvencijadas como ellas mismas. Nos detuvimos un momento, en el añoso patio jugaban niños y una mujer preparaba alimentos. Entramos al lugar y observamos con detenimiento. Pensé que escenas como esas eran los ingredientes con que cocinaba sus novelas. Seguimos la marcha sin decir nada. Para mi fortuna- cavilé- estoy aprendiendo.

Llegamos a una taquería con toda el hambre del mundo, el Monstruo Sagrado actuaba con el más sorprendente y feroz apetito. Sus poderosos y ordenados dientes daban cuenta de las delicias culinarias de Puebla enlistadas en aquel interesante menú: Chiles en nogada, cemitas y tacos árabes, más poblanos que árabes, pero bueno... El dinero en mi bolsillo menguaba y sólo en ese momento reparé en que aquel monstruo era un tacaño.


Afuera llovía copiosamente, las lágrimas sucias de la noche corrían por las calles. El monstruo, visiblemente ebrio pidió un taxi, el cual tuve que pagar sin más remedio pues mi gran amigo no traía efectivo. Me di cuenta que había olvidado mi saco en el bar Candilejas, así que caminé esquivando el agua que subía por las aceras debido a la salpicada de los carros.

Cuando estuve en el bar, sentí deseos de ir al excusado. En el pasillo que conducía al mingitorio descubrí una galería de personajes. Vi el retrato de Gabriel García Márquez junto al de otros famosos; había de todo, políticos e incluso boxeadores.

“Son los dobles de gente famosa”. Me dijo con sarcasmo un cliente asiduo del establecimiento. “Vienen de vez en cuando pasar el rato, si tiene usted algún parecido con alguien puede traer su retrato. Por cierto usted guarda cierto parecido con Cirano, lo digo por lo de su nariz”.

Molesto conmigo mismo dirigí la mirada hacia una mesa donde dormitaban un par de borrachos. El Cantinero se apresuró a decir: “No lo puedo creer: el presidente de México y don Quijote de la Mancha acaban de ser vencidos por el sueño”.

lunes, 24 de mayo de 2010

A LA MEMORIA DE MI ABUELO



Hombre de a caballo, sombrero de ala ancha; nunca le faltó la escopeta, la retrocarga o el machete en la rústica vivienda de muros de lodo y techo de tejamanil. Al terminar la jornada en el campo se bañaba a jicarazos, ensillaba a su caballo el “lucero” y se perdía entre los lomeríos. Iba en busca de amores para compensar su ruda soledad. Enviudó joven, su esposa murió de parto y dejó huérfanos a cuatro hijos, más antes ya habían muerto otros tres. Destinó a dos de los que le quedaban con los padrinos de bautizo. Flaviano el mayor se quedó junto a él para ayudarlo en las siembras. Aurora, la más pequeña, se quedó para hacer tortillas además para alimentar a las gallinas y a los cerdos.
Bartolomé fue el nombre que de acuerdo al santoral le dieron sus padres; su vida corrió por todo tipo de suertes desde la temprana infancia, fue hijo de una molendera de hacendados. Su niñez transcurrió entre la hacienda de Mazapa y el pozo, acarreando agua. Le impresionaba entonces la situación de los peones acasillados, sobre todo la personalidad de la dueña de la hacienda doña Carmen Almeida. Decía la peonada que aquella señora nunca se quitaba el sombrero, ni siquiera para entrar a misa, que por que tenia cuernos.
También le impresionó la leyenda del “Cortado”, un sanguinario bandido que junto con otros gavilleros, fue fusilado en los paredones de la hacienda. “Cuando le tocó el turno al “Cortado” se reía de la muerte con la dentadura toda de oro. Quiso morir sin paliacate que le cubriera los ojos. Un carretero se encargó de sembrar los cuerpos en una zanja que había a un costado del camino que conduce a Santa Cruz. El carretero regresó en la noche a quitarle los dientes al forajido, no le duró mucho el gusto pues al poco tiempo, el muerto se lo llevó.
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A los catorce años durante la Revolución Mexicana, fue llevado en una “leva” en tren para Oriental junto con otros campesinos para servir a los federales. En San Juan de los Libres, Puebla se escapó y regresó ocultándose entre los cebadales. Después se hizo arriero, conducía una flotilla de acémilas y burros que acarreaban pulque por los caminos del valle y de la sierra, desde Tepeaca hasta llegar a Teziutlán.
Era amigo insaciable de la soledad, tal vez por eso quiso en alguna ocasión enamorar a una mujer fantasma. Con las barricas en los lomos de sus pollinos llegó una noche al río de Acuaco. Era aún de madrugada cuando una mujer lavaba ya blancas prendas que fulguraban con la luz de la luna. “La cascada de pelo le caía en la espalda y le besaba los pies desnudos”.
Se acercó galantemente arrodillándose junto a la lavandera, sus preguntas se ahogaban en el golpe del agua. La mujer no respondía, tenía un mutismo extraño. Quiso tocarle el pelo cuando inusitadamente volteo la cara hacia él. “Era un rostro de acémila” - Me decía. “Lanzó un grito horrendo que sacudió los álamos y se alejó caminando por la orilla del río”.
Esa fue la primera vez que conoció a “La llorona”. Luego la vio otra noche cuando volvía del poblado. Le salió al paso, vio delante de él unos ojos que brillaban como espejos. “Le arrojé una copa de aguardiente que llevaba en la mano y chispeo como una vara en la lumbre. Pasó sobre mí volándome el sombrero. Después de mucho tiempo la volví a ver, esta vez gritaba a lo largo de la Barranca de gachupines con un grito lastimoso que me enchinaba el cuero”.
Bartolomé gustaba de ir a las cantinas de San Miguel, decían que en ese pueblo había unas sinfonolas encantadas por el maligno pacto del dueño de estas con un ser tenebroso. La gente murmuraba que cuando los borrachos abandonan los tugurios, los discos sonaban solos y que inexplicablemente el dueño había amasado una inmensa fortuna.
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Una de tantas noches que Bartolomé volvía a su casa, ebrio, como era su costumbre; a la orilla del puente le pareció ver a Flaviano. Por un momento dudó que fuera el hijo que cada noche iba a su encuentro, pero vio que llevaba puestos el mismo sombrero de palma, los guaraches y la cotorina de lana y se dejó conducir en la oscuridad. Borracho como estaba, se apoyó en aquellos brazos comedidos. Cruzaban el alto puente, pero aquel ser envuelto en sombras lo acercaba peligrosamente a la orilla. Pensando que aquello no era nada bueno, comenzó a injuriarlo con todo tipo de palabras obscenas - el mejor antídoto contra las apariciones según decía -. Rezó “La Magnifica” oración que nunca le faltó en sus ratos de soledad y de miedo y el hombre lo soltó. Cuando alcanzó la otra orilla corrió despavorido, delante estaba su jacal. Llegó jadeante y sacó su retrocarga.
El espíritu ya estaba cerca, bajo del manzano miraba hacia la casa y el arma no accionaba. Cerca de la puerta estaba la lata tiznada con el nejayote... ¿Qué poder tiene el signo de la cruz en los momentos difíciles? , ¿Qué poder tiene el agua del maíz? Tomó un poco de aquella agua con los dedos y pintó una cruz sobre el cañón, los proyectiles salieron, el ente cayó abatido y cuando Bartolomé se acercó una nube de humo se elevó hacia el firmamento. Después salió Flaviano y junto con la pequeña Aurora se arrodillaron para rezar frente al retablo de la humilde casa.
Los espantos no le importaban, es más, puede decirse que tenía una amistad intima con la noche. Siempre hablaba de sus encuentros con naguales, con duendes, con perros maléficos. Era el centro de atención en los velorios del poblado, rodeado de noctámbulos que se calentaban el hastío en las grandes hogueras que se hacen en las calles, amanecía contándoles cuentos. La gente le llamaba “El cuenterito”. No en vano habían sido sus reuniones de arriero en los mesones de la sierra.
Le oí contar muchas historias y cuentos, cada año, el día de su santo, cuando con Aurora mi madre y mis hermanos íbamos a visitarlo. Cada 24 de agosto era un día formidable, por una parte, por departir con un personaje conocedor de todas las aventuras y todos los misterios y por otra parte, por aquel delicioso chileatole con granos de maíz y trozos de carne de puerco.
Hablándome de un ser muy rico que se distinguió por su mal trato a los pobres me dijo en uno de nuestros últimos encuentros: “Cuando se murió aquel rico, en su velorio, un viento helado apagó las ceras, en lo que demoraron buscando fósforos para encenderlas el cuerpo desapareció. Tuvieron que llenar la caja con piedras para que pesara”.
Con casi un siglo de existencia, en los últimos años de su vida se refugió como nunca en su humilde casa de muros de lodo y techo de tejamanil. Se hizo un ermitaño pero nunca dejó de labrar su parcela. “La tierra nos da de comer, pero nosotros tenemos que comernos la tierra”, filosofaba.
Solo la edad lo postró en la cama, después de andar por todos los caminos de la sierra y de la imaginación. Postrado en su lecho me llamó en su agonía.
- Abuelo: ¿Es cierto todo lo que me contabas cuando era niño?
- Claro que es cierto, tres veces vi a esa mujer.
Como era la costumbre desde que era niño, le besé las manos, esas manos que nunca aprendieron a escribir y me bendijo.
Mi madre permaneció a su lado, la última noche de su vida se apagaron las luces, en su delirio parecía ver fantasmas. Un aire huracanado se estrelló contra la ventana mientras los perros parecían hacer pedazos una sombra.
- Glorifica su alma Señor... Rezaba mi madre, mientras esparcía agua bendita por todos los rincones. Mi abuelo pronunció el nombre de sus padres, de sus hermanos, de sus hijos... De pronto una inmensa paz lo envolvió y se quedó mirando a mi madre con los ojos fijos.

sábado, 20 de marzo de 2010

CARNAVAL NOCTURNO


CARNAVAL NOCTURNO

Una noche obscura del mes de noviembre; horrible, como esa moda que ha llegado a México, como esas  cosas del aquelarre que no tienen nada que hacer en un país tan mágico como el nuestro; con el afán de sembrar el pánico en los noctámbulos y en los niños, así como para pasar un rato supuestamente divertido, los bachilleres del pueblo se reunieron en el patio del colegio.
Poco a poco fueron apareciendo, surgiendo del mismo corazón de sombras que producen cipreses, eucaliptos y abetos que rodean la escuela. A cada llegada de los muchachos la algarabía brotaba y se oía decir: “Qué bárbaro, que disfraz tan original, ¿Quién eres?”...la pregunta por lógica quedaba en el vacío pues estaba prohibido revelar la identidad como parte del juego. Claro que había casos en los que era difícil mantenerse en el anonimato, por ejemplo: el del clásico sangrón que se la pasaba haciendo bromas de mal gusto a sus compañeras o el alumno gangoso que bajo el disfraz de hombre lobo exteriorizaba un aullido también gangoso.
Como para no perder el amor por lo mexicano, colocaron ofrendas en las aulas; con pliegos de papel de china hicieron figuras ingeniosas y pusieron sobre las mesas sendas viandas que gustaron en vida los difuntos.
Olvidaba decir que para esto, las almas presurosas ya habían ido a las casas que moraron y probablemente, no perderían el tiempo mundanal en cosas de estudiantes pocos serios. ¿Con qué confianza llegarían las animas al colegio?. Con toda seguridad al mirar por las ventanas, descubrirían a los mozalbetes dando cuenta de tamales, hojaldras, guisados, dulces, cigarros y aguardiente... De ahí vendría el desanimo.
Había en toda la escuela un olor penetrante a flor de muerto, el aroma del incienso hacia el aire más siniestro, cuando unos pasos extraviados decidieron ir hacia la escuela.
A la orilla de la explanada, los alumnos de teatro improvisaron un campo santo, en montones de tierra y lápidas de cartón escribían el nombre del amigo, del maestro; tal es la costumbre de perturbar con prácticas como esta la paz de los muertos.
Allá no muy lejos, un par de ojos observaban. El público aplaudía, algunos mas parcos preferían guardar silencio ante el temor de inquietar a las almas del santo purgatorio.
A las nueve menos cinco de aquella noche decidieron desfilar por las calles del pueblo. Encabezaba el desfile sepulcral “El Carretero”, una aparición que con una mano soportaba su cabeza a la altura del pecho y con la otra, sostenía la rienda tirada de jumentos.






No creo desmedido comentar que aquello era un show al estilo de los cineastas de Hollywood. Tras “El Carretero” iba el mismísimo Freddy Kruger diciendo adiós con sus dedos de navaja. Le seguía con mascara de calavera desencajada y habito negro el personaje de Scream, subiendo y agitando los brazos como un cuervo.

Era toda una peregrinación de vampiros, momias y enanos sobre la calle cuatro sur, por la avenida Hidalgo, la avenida Morelos, la calle 12 de octubre y la plazoleta del pueblo.

A toda aquella multitud se sumaron los pasos extraviados de un Monje descarnado. Con cirio en mano daba luz a su rostro desollado. Los huesos de sus manos y sus pies sujetados con grilletes, arrastraban penosamente una cadena por las calles empedradas.
Dio fin el desfile en otra importación de la moda norteamericana: la discotec de doña Pancha, la que antes vendía sombreros.
Hasta el centro de la pista corrieron todos los personajes retorciéndose y brincando al ritmo de la música extravagante. Algo de familiar había en ese pandemonium que el Monje descarnado, le entró a la fumadera y bebedera y quizás debido a la torpeza de sus pasos, su intención de asustar a alguien no daba resultado.
Dio inicio la deliberación del jurado para premiar la originalidad de los disfraces: “El premio es para... ¡El hombre lobo! ¡Buhh! ¡Eso es fraude! Gritaban los muchachos.
El monje indiferente volvió al centro de la pista. A esquivar los pisotones y brincos de la muchachada. En medio de la euforia salió a la calle sin que nadie reparara en ello.
Tenia hambre, se dirigió al colegio rodeado de cipreses, eucaliptos y abetos; talvez los mozalbetes habrían dejado algún bocadillo para aquella ánima sola.









lunes, 8 de febrero de 2010

NOCHE DE LUNA EN TLAXCALA


EL VIEJO VAGÓN DE ZARAGOZA
Escribiendo desde Zaragoza, Puebla…


Noche de luna en Tlaxcala

(Publicada en el libro A la Luz de la Vela)


Por Guillermo Martínez Rodríguez



Don Gregorio Farfán, un caballerango amante del arte ecuestre, cierta noche en que de allá del pueblo de Huamantla se dirigía a la ciudad de Tlaxcala montando un brioso caballo, se sorprendió al ver que en el camino se encontraba atravesado un asno, si, oyó usted bien, un asno que llevaba sobre el lomo una carga negra y voluminosa.

No le hubiese causado extrañeza ya que en sus múltiples andanzas había encontrado no uno sino varios asnos, pero este en particular era distinto a los demás pues no tenía orejas y tampoco tenía cola, y haciendo una observación más exhaustiva se pudo dar cuenta a la luz de aquella luna tlaxcalteca, que lo que llevaba atravesado era un cerdo, un cerdo que no iba amarrado y que quien sabe por qué extrañas razones, iba vivo pero bien quieto sobre el espinazo del pollino.

Ante esta visión el caballerango un poco asustado al principio, y después algo repuesto de las dos o tres copas que había bebido de más, optó por retirarse del lugar evadiendo al burro; pero éste al darse cuenta del temor del caballerango se empeñó en molestarlo.

Y como se dice coloquialmente: Otra vez la burra al trigo, el burro volvió a atravesarse en el camino del jinete esperando asustarlo hasta más no poder. Don Gregorio en cambio, herido en su orgullo de hombre, de macho, y pensando que temerle a los espantos no es cosa digna de un buen caballerango y mucho menos de un buen tlaxcalteca; de la silla de montar de su caballo tomó una gruesa reata y moviéndola por el aire tan rápidamente que de tanta vuelta silbaba, al tiempo que embestía con su caballo al burro, con la reata descargó toda su furia sobre aquel animal.

Cuando más deleitado estaba en golpearlo por la burla que quería hacer de él, escuchó una voz que le dijo:

- ¡Ya no me pegues, por favor ya no me pegues!
Don Gregorio nuevamente sorprendido, escuchó como del hocico sangrante del asno brotó una voz tan clara como la luna de aquel dos de febrero cuando ocurrió esta historia.

- Ya no me pegues. Mira yo soy Bruno San Juan, soy de los Sanjuanes de Tlaxcala. Lo que pasa es que me robé este cerdo y lo llevo a mi casa para hacer los tamales de la fiesta de la Candelaria. Si me dejas ir te prometo que te doy la mitad.
Don Gregorio escuchó sorprendido las palabras del burro.

- Ah con que eres el nagual, pues ahorita vas a saber quien es Gregorio Farfán. Y nuevamente el burro imploró, lloró y rebuznó, cuando vio que el hombre se disponía a seguirlo golpeando.
- Robo para mantener a mi familia, lo único que no nos es permitido a los naguales es robar dinero y sal. Si robamos alguna de estas dos cosas nos quedamos convertidos en animales para siempre.
Algún noble sentimiento sintió don Gregorio que dejó ir al burro, conviniendo que al día siguiente iría a recoger la mitad del cochino, y a que le diera una explicación más detallada de quienes eran los famosos naguales, y por que extraños conjuros se podían convertir en animales.

Al día siguiente don Gregorio se despertó en su casa y pensando que había sido un sueño no quería ir a la casa de Bruno San Juan, pero al ver que en la reata de su caballo se encontraban las pelusas del burro, se dirigió a la casa del nagual.

En la casa del susodicho habían matado un puerco y medio canal estaba puesto sobre una mesa, mientras que la otra mitad ya era guisada en chicharrones y en trocitos que iban acomodando en hojas de tamal. Los familiares de Bruno San Juan le dijeron a don Gregorio, que todavía estaba acostado debido a una golpiza que recién le habían dado en el camino la noche anterior.

Como el nagual era gente de palabra ordenó que pasara y cuando estuvo frente a su petate, aun se quejaba de los golpes que le había propinado con aquella reata. Don Gregorio se dio cuenta que Bruno San Juan tenía surcadas la espalda, las costillas y la cara, con unas líneas rojizas casi a punto de reventar.

El hombre le explicó a don Gregorio que como él había muchos naguales por todas partes, en casi todos los pueblos.

- Es un don que Dios nos da para convertirnos en animales para que cuando no tengamos que comer no le falte nada a nuestra familia.

Le dijo también que ese poder de transmutación venía desde sus antepasados.

- Cuando estamos en el vientre de nuestra madre y cerca de la casa se aparece un animal, ya sea un perro o un gato, un guajolote, un burro o lo que sea, esa es la señal de que ese animal va a ser nuestro protector.

También le dijo que había muchos naguales que ya no regresaban a su casa porque en las noches los llegaban a atrapar y algunos morían de las golpizas que les daban.

- Algunas gentes del campo ya saben como combatirnos, nos encierran en círculos dibujados en la tierra y hacen una cruz en el centro donde clavan un puñal, de esa manera no podemos escapar. O cortan el aire con sus machetes haciendo la señal de la cruz con lo cual los naguales que tienen el don de volar van cayendo al suelo.

Le dijo que una mujer que se convertía en guajolota, se tenía que quitar las piernas y ponerlas en el fogón en forma de cruz para poder volar, pero, una noche en que esperaba en el techo de una casa donde quería robar, fue descubierta por unos rancheros y fue atrapada. No pudo evitar que los hombres le amarraran las patas con un alambre y la colgaran de la rama de un árbol. Como no pudo escapar pronto, el viento avivó la lumbre entre las piedras de los tenamaxtles donde se encontraban las piernas que se consumieron hasta convertirse en cenizas. Cuando regresó a su jacal las buscó pero ya no las encontró, como ya no pudo volver a caminar, mejor prefirió quedarse convertida en animal.

Don Gregorio escuchó la explicación de aquel hombre y le pidió disculpas por la golpiza que le había propinado, después echó sobre su hombro la mitad del cerdo prometido y muy quitado de la pena, se dirigió a su casa para que le prepararan los tamales tradicionales de la fiesta de la Candelaria.

LA VIRGEN DEL PILAR



LA VIRGEN DEL PILAR DE ZARAGOZA, PUEBLA
Por Guillermo Martínez Rodríguez *
La imagen de la Virgen del Pilar, patrona de mi pueblo, cuya fiesta se celebra los días 12 y 13 de octubre de cada año, y que coincide con la celebración del Día de la Raza y con los festejos que se realizan en Zaragoza, España, para llegar al altar que ocupa actualmente tuvo que viajar por mar y tierra, aunque también por otra parte, ha sido testigo de hechos que han perturbado la tranquilidad de los habitantes de su parroquia. En relación con esto, déjeme le cuento:
Platicaba doña Lucecita del Río que hace muchos años, allá por el año de 1886, en uno de esos viajes continentales que se hacían por mar con rumbo a la República Mexicana, zarpó de España , un barco a bordo del cual viajaban algunas familias españolas a fin de probar fortuna en tierras mexicanas.
Entre aquellos españoles se encontraban don Juan y don Emeterio ambos de apellidos R. Lavín, así como doña María Rivas esposa de Don Juan, todos ellos oriundos de la ciudad de Zaragoza, España. Estas personas además de traer consigo buena plata para invertir en México, traían también una imagen de la Virgen del Pilar, quien los acompañó en dicha travesía por mar hasta el puerto de Veracruz.
Los españoles mencionados llegaron a Veracruz, pero decidieron trasladarse a tierras poblanas, donde comenzaron a comprar tierras ayudados por las autoridades políticas a fin de fundar su hacienda. Escogieron fundarla a orillas del río llamado Acuaco, llamándola Hacienda Zaragoza en alusión a su lugar de origen, y al cabo de muy pocos años, aquella hacienda se hizo tan grande y tan prospera, que sus más de cinco mil hectáreas se extendían desde el pueblo de Chignautla, pasando por Tlatlauquitepec, el actual pueblo de Zaragoza, abarcaban todos los pueblos y rancherías de la parte sur de Tlatlauquitepec y llegaban hasta la hacienda de San Miguel Barrientos en el distrito de San Juan de los Llanos.
Al margen del río donde establecieron el casco de la hacienda, erigieron una capilla en honor de San Isidro Labrador, patrono de los campesinos, y ahí en un rinconcito estaba la imagen de la virgen del Pilar. No fue sino hasta después de muchos años, allá por mil novecientos diez, una vez que nació el pueblo de Zaragoza alrededor de la estación ferrocarrilera del mismo nombre, que al llegar a radicar al pueblo otras familias también españolas, se determinó que la Virgen del Pilar se convirtiera en la patrona del pueblo.
Además de la familia de don Juan R. Lavín, llegó gente de Galicia, de Asturias y de San Sebastián y de aquellos inmigrantes aun queda memoria de don Julián y don José López Sáenz, de don Santiago Piñán, don Emilio Huerta Corujo, don Fernando Gómez Rueda y don José Mondragón, así como de la sobrina de este último la señorita Luz Reyes y Piña.
Se cuenta que la primera iglesia donde se encontraba la Virgen del Pilar estaba cerca del auditorio municipal en la esquina que conforman las calles 4 poniente y 3 norte, en una rustica construcción de muros de tierra y techo de tejamanil, pero que un día, en tiempos de la revolución, llegaron unos bandoleros que tomaron a la pequeña iglesia como cuartel, metiendo sus caballos, quedándose a dormir en la capilla y cocinando allí mismo sus alimentos. Se dice que permanecieron por espacio de varios días, causando atropellos a los parroquianos quienes refugiados en sus casas preferían no salir y que el día en que los forajidos se fueron le prendieron fuego a la capilla. (1)
La imagen de la Virgen por más que fue buscada no fue hallada por ningún lado, desconociéndose si aquellos delincuentes la robaron o desapareció en el siniestro. El pueblo se quedó sin la imagen y sin la capilla, hasta que poco después se comenzó a construir el templo en el lugar donde se ubica actualmente.
Allá por aquellos años el señor cura don Alberto Mendoza y Bedolla, párroco de Tlatlauquitepec desde 1918, quien oficiaba misa en Zaragoza y quien con el paso de los años llegó a ser Obispo de Campeche, es la primera autoridad eclesiástica que comienza a reconocer a la Virgen del Pilar como patrona del pueblo, sin embargo toda vez que el pueblo no cuenta con la imagen de la virgen, decide organizarse para conseguirla, y se dice que algunas personas lo hacen a costa de sus propias vidas, pues por aquellos años, las ideas radicales de los grupos anticlericales estaban por encima del respeto a las libertades de culto y de creencias.
En medio de ese clima tan desfavorable, un día del año de 1924, a iniciativa del señor Trinidad Vázquez, don Bernardo Parraguirre Muñoz de Cote y don Cecilio Silva Terreros, viajan a la ciudad de Puebla para adquirirla en la Casa Ravelo y de ahí trasladarla a bordo del ferrocarril hasta llegar al pueblo de Zaragoza.
Ya en el pueblo con todo el sigilo y respeto de los creyentes fue conducida a la parroquia para colocarla en el altar, pero ahora en un sitio más alto donde no fuera alcanzada por manos perversas que intentaran destruirla, y donde en cambio, pudiera contemplar con amoroso gesto, a los miles de feligreses que se reúnen en torno a ella durante su festividad y a lo largo del año.
Desde entonces permanece allí bella, milagrosa y ecuánime, contenta de haber superado las adversidades y también las barreras que hay en la distancia, en las diferencias de pensamiento y en el tiempo.
(1) hubo en efecto un asalto a la población de Zaragoza el día 10 de mayo de 1918, en el que los bandoleros exigieron caballos y bastimentos a sus habitantes. Este pasaje se encuentra documentado en Zaragoza. Ecos de mi Tierra. P-76
* Guillermo Martínez Rodríguez es narrador y cronista independiente, autor del libro Ángeles y Alebrijes, ha participado en diversos colectivos de leyendas poblanas y tlaxcaltecas, y en la redacción del libro Zaragoza, ecos de mi tierra, publicado por el gobierno del estado de Puebla.

miércoles, 6 de enero de 2010

HISTORIAS EN LA NIEBLA

HISTORIAS EN LA NIEBLA

CASA OLVERA .ZARAGOZA, PUEBLA 1910
No he querido pasar por alto las leyendas que hay en mi pueblo. Mi terruño es ya de por si un lugar mágico donde han surgido interesantes historias, si las tomamos estrictamente de la realidad es seguro que a algunos alegre y a otros enfade.

Así es que para no herir susceptibilidades nada mejor- por ahora- que hablar de la imaginación de sus habitantes, de esa fuente donde manan seres, compañeros errantes de la noche; que sin más ni más aparecen con la niebla o en las noches de llovizna pertinaz tan comunes en Zaragoza.

Debo decir en honor a la verdad que muchas de esas cosas ya se han ido perdiendo quizá con el surgimiento de la luz eléctrica, con la popularidad de la televisión y hasta el desdén de muchos de nosotros; pero antes, cuando la gente se alumbraba con candiles y velas, y en lugar de ver una telenovela la gente se platicaba historias, todo era más emocionante. A mí todavía me tocó un poco de todo eso, por eso he querido hablar del imaginario de mi pueblo para continuar con la tradición de las leyendas y exhortar a las futuras generaciones a que lo sigan haciendo.

Para empezar quiero hablarles de algunos espantos que sufrían nuestros mayores a altas horas de la noche. Se cuenta que de allá por el camino que va de “Los Chorritos” a Zaragoza, todas las noches bañadas de niebla se escuchaba como venía rodando una carreta. Desde luego no venía sola pues era tirada por un par de caballos cuyos cascos se escuchaban con toda claridad a lo largo y ancho de la noche.

Los vecinos del pueblo que osaron ver aquello, tuvieron una experiencia non grata; cuando se asomaban por sus ventanas veían que sobre la carreta una sombra delgada golpeaba con un látigo los lomos afilados y las crines de las bestias que tiraban de la carreta; solo que cuando el látigo hacia contacto con las crines, estas sacaban chispas y se podía ver como se convertían en fuego que se prendía y se apagaba con cada latigazo.


A algunos no les causaba extrañeza escuchar la carreta en tiempos en que no había automóviles, pues para la mayoría era uno de los medios para transportar sus forrajes y sus cosechas. Incluso en los primeros años del siglo XX, la carreta era el taxi que llevaba y traía a los pasajeros de la Villa de Tlatlauqui que viajaban en el ferrocarril, ya que hasta allá no llegaban las locomotoras.

Ya en años más recientes el ruido de la carreta o carretón como algunos lo llaman, comenzó a causar extrañeza no nadamás por las crines incendiadas de los caballos sino también por que muchos aseguraban que se internaba al pueblo por allá por las instalaciones del Seguro Social, iba avanzando por la calle 6 poniente hasta llegar a la Plaza de Toros “San Pedro de los Pinos” donde se desvanecía en el aire.

Dicen que aquella carreta algo tenía que ver con los indigentes que amanecían sin vida en las calles petrificados por el frío, y que tal vez aquel misterioso carretero se llevaba las almas de esos pobres hombres.

Lo peor de todo es que quienes llegaron a ver aquello quedaron horrorizados; pues tanto el carretero como los caballos no eran cosa nada normal ni buena, eran solo esqueletos que por las narices resoplaban niebla.



ESTACION ZARAGOZA







TAMBIÉN LOS MUERTOS LLEVAN SERENATA
Por Guillermo Martínez Rodríguez

Leyenda publicada en el libro La Salvación del Condenado




Seguramente alguna vez ha escuchado esos sucesos escalofriantes que van de boca en boca, en los pasillos de escuelas y hospitales, en cualquier autobús e incluso ahora, en algún sitio de Internet de cualquier ciber café. A mí en lo personal me llaman la atención esas historias, será tal vez porque al escucharlas se me enchina la piel como cuando era niño, me sobresalto ante el menor ruido y viaja mi mente a lugares ignotos.

De tal forma que una de las cosas que más me agradan es saborear una deliciosa taza de café, mientras remojo como si fuese un pan una rica historia de miedo.

Mientras saboreo una de esas leyendas poblanas, mi espíritu recorre el telón de la magia de los siglos, vuelvo a maravillarme con la belleza arquitectónica de Puebla, ciudad majestuosa nuestra y de toda la humanidad; me interno en sus callejones, plazas y templos y entro al pasado para salir a una calle concurrida donde abundan artistas callejeros y pregoneros.

Voy tratando de descubrir las historias que duermen en las viejas casonas o en los conventos derruidos por el tiempo. Entonces puedo leer los labios de la China Poblana refrescados por la lluvia nocturnal; me parece mirar a ángeles perezosos sacudirse las alas, mientras de los borbollones de agua de una fuente, brotan duendes montados en bicicletas multicolores, que empiezan a perseguir a niños que no hacen la tarea.

Salen, de pórticos oscuros y apolillados, de vitrales rotos por el olvido, al igual que de la boca de un sastre de vecindad o de un aseador de calzado, seres fantásticos que vienen a poblar la noche, a deambular por las calles buscando un trasnochado a quien regalar un:¡Buh! o un ¡Ay mis hijos! Salen, al caer la noche estrellada, sobre la Puebla de los Ángeles y de nuestra niñez.

Precisamente una de esas historias es la que quiero compartirles y es ella, una de aquellas que deambulan como los pasos de esos seres por las calles de nuestra ciudad.

Nuestra historia comenzó hace un par de décadas allá por la recóndita región de la Sierra Madre Oriental. Hasta el pueblo viejo de Patlanalán que se encuentra muy cerca de los límites del Estado de Puebla con el de Veracruz, llegó un mañana Luis Ángel
Alatriste, un joven médico recién graduado quien iba a dicho pueblo a cumplir con su servicio social.

Muy pronto, el joven médico a causa de excelentes servicios e intachable trato humano logró prestigio y cariño de aquella gente pobre, y fue tan buena su fama, que de los pueblos vecinos iban a consultarlo buscando el alivio a enfermedades y dolencias, hallando un poco más, pues el joven Alatriste era un dechado de virtudes que se interesaba en ayudar y resolver problemas indistintamente.




Dice la sabiduría popular que lo bueno dura poco y esto viene al caso puesto que aquel galeno, cierta mañana mientras daba un paseo cerca de la laguna próxima al poblado, al ver que una joven conocida luchaba denodadamente por salir del agua, se sumergió en su auxilio y para mayor desgracia, quedaron atrapados por algún remolino en el fondo engañoso de la azul laguna.

Con mucha pena y desconsuelo, los moradores llevaron los cuerpos sin vida a la clínica donde con tanto esmero Luis Ángel Alatriste luchó a brazo partido contra la enfermedad, allí depositaron los cuerpos y allí mismo se realizaron todo tipo de diligencias y trámites del orden legal.

Pasaron varios meses antes de que las autoridades médicas pudiesen mandar a un nuevo médico; cuando por fin lo hicieron, el médico pasante duró poco en el puesto, renunció a los pocos días argumentando que por las noches escuchaba que llamaban a la puerta y a esto le seguía una serie de lúgubres lamentos. La primera vez, se dirigió a abrir la puerta pensando que se trataba de un enfermo, pero no encontró a nadie. En otra ocasión volvió a salir, se dirigió al jardín buscando a la persona que exteriorizaba tan dolientes quejas y nuevamente no obtuvo resultado. Intrigado, se recogió en su cuarto y clarito sintió cuando alguien se sentó en el borde de su cama, trato de encender un cigarrillo, pero al fósforo aquel una boca lo soplaba, mientras que aquel letrero que decía “Prohibido Fumar” como el péndulo de un reloj iba de un lado para otro.

Desde entonces en aquella clínica de campo se hicieron frecuentes las renuncias de aquellos médicos que llegaban provenientes de la ciudad de Puebla. Nadie podía explicarse porqué las mentes de aquellos jóvenes, destellantes de ciencia racional, de pronto se veían turbadas por apariciones, por voces y miradas que los perseguían.

Quiso quien escribe el destino que a aquel pueblo viejo llegara Rafael Libreros, otro joven médico que tenía la misma nobleza del muchacho Alatriste. La primera persona que atendió en su consultorio no era un enfermo, sino un colega suyo que le dijo que venía de un pueblo enclavado en la sierra, le hizo una serie de recomendaciones y le habló de las necesidades y la nobleza de los parroquianos. De los espantos que sufrían sus compañeros ni él ni nadie le dijeron nada, quizá por recomendación de las autoridades médicas. No era necesario, pues lo único que le preocupaba era atender con diligencia y esmero a aquella gente de pobreza extrema.

El fantasma del galeno sin embargo, siguió rondando por aquel lugar pero Rafael Libreros, armándose de valor se encomendaba a Dios, y para resolver los casos difíciles le pedía interiormente a aquel espíritu del que sentía su presencia, que le ayudase en la noble tarea de sanar enfermos. Su sorpresa no tenía límites cuando por las mañanas descubría el orden meticuloso de los medicamentos y demás enceres, acomodados en la noche por manos que no eran las de él.

Una tarde de mayo cuando ya todos los enfermos se habían marchado, volvió aquel joven colega que bajaba de la sierra y quien le suscitaba afecto. Charlaron como dos viejos conocidos y de esa plática concluyeron que siendo ambos virtuosos de la guitarra, sería un magnifico detalle llevar serenata a sus respectivas madres en su día.



Convinieron reunirse en la ciudad de Puebla, el punto de reunión fue El Jardín de las letras ya que la casa del colega visitante de Libreros y a la que irían primero, está a sólo dos calles de allí.

Aquella noche del sábado nueve de mayo, el reloj de catedral anunció las doce de la noche con sus roncas campanadas. El joven médico Rafael Libreros acudió a la cita, mientras esperaba afinó su guitarra y miró lo mismo a estudiantinas que a tríos que pasaban llenos de júbilo y de algarabía. Al poco rato apareció su amigo e hicieron un acoplamiento de voces y guitarras perfecto. Pensaron en una canción acorde con la fecha, escogieron aquella canción que habla de una madre, la de los Churumbeles de España.

Fueron hasta un balcón donde sobre ventana, cantera y hierros, el polvo y el sarro se hallaban lo mismo que el olvido. Rafael Libreros cantó como nunca, su voz se convirtió en un arrullo melodioso acompañado de las notas de su lira y de la otra que, sin quedarse atrás coadyuvó a hacer de aquel regalo nocturno una serenata excepcional.


Fue tanta la belleza de aquel canto que se encendieron las luces de todo el vecindario excepto una: la de aquel balcón. Al ver que nadie salía y pensando quizá que no había nadie en casa, entró el hijo de aquella madre homenajeada y le pidió a su amigo que lo esperara. Al cabo de unos minutos se encendió la luz y con dificultad se acercó al balcón una anciana.

-Gracias, pero, ¿a quien debo tanta bondad?- Le preguntó a aquel muchacho.
- A su hijo. Y le explicó que esa persona acababa de entrar a la vivienda y haberlo conocido en aquel pueblo lejano.
- No es posible, vivo sola. Mi único hijo murió en ese pueblo hace tiempo.

La mujer rompió en llanto, de sus ojos temblorosos brotaron lágrimas azules como la noche y sus ojos. Le costaba tanto entender que quien acompañaba al trovador desconcertado, fuera su tan llorado hijo, aquel médico por vocación que encontrando el alivio para tanta gente, no halló la cura para el corazón herido de una madre… Aquel hijo que por aquellas cosas del destino, de aquel viejo pueblo no regresó jamás.